Viajar fuera del país y vivir la experiencia de estudiar un año escolar en el extranjero es una opción cada vez más elegida en por nuestros jóvenes. Miles de estudiantes de secundaria, bachillerato y universidad se suman cada año a distintos programas diseñados para este propósito con distintos objetivos.

El primero de ellos es, por supuesto, aprender una segunda lengua, como puede ser el inglés. Pero no es el único beneficio de estas aventuras. Quienes participan en ellas conocen una nueva cultura, un sistema educativo distinto y con otras posibilidades y, sobre todo, mejoran habilidades personales como la sociabilización y la autonomía.

Es precisamente esta última una de las grandes ventajas de estudiar en EEUU o en otro punto lejano del planeta: el desarrollo psicológico durante estos meses fuera hace que la persona que vuelve de regreso a casa sea completamente distinta y esté más preparada para afrontar los retos profesionales, académicos y personales del futuro.

Madurez y autoconfianza

Estar fuera es, como se suele decir, salir de la zona de confort. Aunque los programas de cursos escolares en el extranjero están pensados para que los estudiantes cuenten con el apoyo de guías, familias y profesorado, lo cierto es que se alejan de su familia y de su círculo habitual.

Eso les obliga a tomar decisiones, tener que hacer uso de su propia voz para expresarse, mejorar en su capacidad de adaptarse a distintas circunstancias…

Y esta no es una afirmación basada en intuiciones: estudios como el realizado por la Universidad de California ofrecen datos absolutamente rotundos.

Según una macroencuesta lanzada por este centro, el 70 % de los estudiantes que han viajado al extranjero durante alguna etapa de su formación reconoce que el crecimiento personal ha sido “altamente positivo” durante el tiempo que abandonaron su país para formarse en otro.

Así lo defienden desde iniciativas como International Experience, una organización internacional, con oficinas en países como Estados Unidos, Alemania, Italia, Suiza y España, además de representantes en Sudamérica y el Sudeste Asiático. 

Los activadores de la autonomía

Por mucho que cuenten con un soporte familiar y la ayuda de los programas de curso escolar en el extranjero, los estudiantes gestionan una serie de circunstancias a las que probablemente nunca han tenido que enfrentarse en su lugar de origen.

Lo positivo de ello es que estos activadores de la autonomía están muy controlados y no ponen a los estudiantes en situaciones complejas, pero sí generan ese aprendizaje autónomo. (algo que siempre valoramos enormemente desde el enfoque Montessori). Estas son algunas de las circunstancias que más valoran los participantes en estos programas:

  • El círculo social: lo primero que han de hacer los estudiantes internacionales es conocer a otros compañeros, hacerse un grupo, generar amistades. Esto invita a acceder a los contactos sociales de una manera mucho más consciente.
  • El choque cultural: las reuniones sociales en Estados Unidos o en Canadá no son como en España. La gente está abierta a recibir a estudiantes extranjeros, pero los códigos son otros. Como consecuencia, el estudiante debe desarrollar la adaptabilidad y el pensamiento crítico.
  • La gestión diaria: matrícula, compra de libros, reserva de transporte, cuidado de la casa… Esa nueva rutina está asociada al desarrollo de la autodisciplina, pues en este caso no están los padres para ir dirigiendo las actividades de los menores.

Todos estos puntos, sumados al aprendizaje académico y de la segunda lengua, hacen que estudiar un año escolar en el extranjero sea una de las mejores decisiones personales para quienes quieren vivir una vida rica, plena, integradora y global, tanto en lo laboral como en lo personal.